Conocí a Sergio cuando le hice la fiesta de 15 a mi hija. Nos cruzamos hace poco y me contó lo de HAGO. Yo tengo una pequeña empresa de construcción y en broma le dije que tendría que atender a mi personal porque, como es costumbre, los lunes alguno faltaba y cuando yo no estaba en la obra avanzaban menos. Nos reunimos nosotros una vez y acordamos una estrategia para juntarnos con la gente. Decidimos plantearlo como buscando mejoras para todos sin mencionar nada respecto a los lunes, etc.

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ARMANDOEmpresario de la construcción

Relatado por Sergio:

Divorciada, hijos de 5 y 9 años, problemas con el padre de ellos, con la economía de casa, cumplir con el trabajo y una pésima relación con su madre, que no la ayudaba en nada, por el contrario, la llamaba por teléfono y se la pasaba lamentándose y criticándola.

La ayudé a ver, desde otro punto de vista, que fue capaz de resolver todas estas situaciones y que su voluntad y fortaleza eran inmensas, que su angustia era real, que su intención de arreglar la relación con su madre era genuina, y que tenía todo lo necesario para lograrlo.

Le pregunté si alguna vez le había dicho a su madre «Gracias». Si le habló alguna vez de lo importante que era para ella y lo agradecida que estaba por haberla traído al mundo.

Se puso a llorar y siguió contando historias… ¿Te das cuenta? Siempre lo mismo y ¡Cuanto más vieja se pone, Peor!

Hablamos acerca de cómo romper el hábito para poder construir otro modelo de comunicación. Su respuesta fue: “¿Y cómo cuernos hago para cambiar a mi vieja, me querés decir?»

Aceptó que la única que podía modificar actitudes, al menos por ahora era ella y en unos diez minutos armamos un plan para la semana.

El objetivo era hacer sentir bien a la madre y para eso tenía prohibido reclamar y protestar. Durante una semana debía escuchar lo que su madre decía sin juzgar ni reaccionar, responder amablemente y sobre todo utilizar la palabra mágica: «Gracias», que ya iba a percibir los resultados. Sólo una semana.

Al otro día debía llamar a la madre anticipando el llamado de ella, y pedirle ayuda con una receta de cocina porque recibía invitados y lograr que la madre se ofreciera a ir a su casa y ayudarla, aunque le dijera, “Mejor voy yo. V vos no vas a poder y vas a quedar como…”

Por primera vez en años compartieron la cocina durante dos horas, no se pelearon porque Marta mantuvo la postura de escuchar, preguntar y agradecer.

Una semana después, fueron muchos los cambios que ella misma pudo detectar. Su relato era esperanzado, no hubo angustia, su llanto la relajaba. Su voz cambio, su sonrisa asomó espontánea, no forzada. Y festejó sus logros.

Estaba reinventando su conflicto más doloroso, y conducía el proceso. Construyó una relación, mutuamente nutritiva de la que también se beneficiaron los chicos. Un par de meses después, la abuela, no sin que los chicos hincharan lo suficiente, les compró un chocolate a cada uno, y les dijo: “Cuando se lo terminen se van a lavar los dientes, ¿me escucharon?”

Todo cambió, porque la relación cambió. Y todo alrededor también cambió.

 
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MartaGerente comercial.

Me recomendaron contactar a Sergio porque tenía un par de recuerdos muy feos, que me angustian y duelen por más de 40 años. Charlamos un rato como para conocernos y le conté. Él me contó acerca de cómo funcionaba HAGO, me dió un desafío muy simple para la semana y me explicó para qué iba a servirme. A los tres días ya me sentía distinta y se me ocurrió una actividad con mis alumnos, basada en ese desafío. Los chicos se involucraron, aprendieron y se divirtieron muchísimo. Al otro día me llamó Sergio para ver cómo estaba y si pude seguir la consigna y le dije que me sentía «extrañamente bien». Me felicitó y me dijo que la actividad que le dí a los chicos en la clase fue lo que determinó que el cambio haya sido tan rápido, Tengo mucho entusiasmo, voy a seguir practicando y lo recomiendo a todo el mundo.
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CLAUDIADocente